Tonatiuh Muñoz Aguilar
El 20 de abril de 2018, el mundo se conmocionó con la noticia de la trágica muerte de Avicii, DJ y productor sueco que pese al relativamente corto tiempo que llevaba en la cima, era ya considerado una especie de Rey Midas de la música electrónica.
La decadencia y muerte de Tim Bergling, nombre real del músico estocolmés, han impactado por las circunstancias que saltaron de lo privado a lo público durante los últimos dos años de la carrera de Avicii, aun cuando pocos fueron capaces de ver el entrañable sufrimiento del artista.

Pese a tener todo lo que cualquier joven de 28 años pudiera pedir: fama, talento, dinero, belleza… el compositor nos enteraría muy pronto que el éxito suele ser en extremo apabullante; tanto, que el creador de éxitos como «Levels» o «Waiting for love» acabó con su vida por propia mano.
La muerte de Avicii nos demostraba lo que tantas veces se nos dijo antes a manera de metáfora, consejo espiritual o adagio de la gente mayor: el dinero y la popularidad no son todo ni compran la satisfacción, mucho menos la salud, ya sea física, mental o del alma.
A medida que pasaron los días, varios cuestionamientos sobre las emociones que atormentaban al artista fueron respondidos: Tim Bergling estaba enfermo desde hace por lo menos dos años. Su salud se vio deteriorada no sólo por el increíblemente delirante ritmo de sus giras y conciertos, sino sobre todo, por su fuerte alcoholismo.

Cada que uno piensa en música electrónica vienen a la mente las noches de fiesta sin fin, el alcohol, las drogas, las luces, las mujeres bonitas y los hombres hermosos. El baile y el glamour, los mezcladores; ese estilo desparpajado que hace suponer que la vida es tan etérea que hay que disfrutarla al máximo: así es el electro. No es entonces extraño imaginar lo difícil que fue para Bergling dejar atrás sus hábitos de consumo.
Pero al conocer más la profundidad de lo que la familia de Avicii ha permitido saber a la prensa, resulta que el sueco no estaba enganchado con Baco precisamente porque le gustara la parranda, sino que, como casi siempre en estos casos, sus problemas de adicto venían desde la mente, el pensamiento y las emociones.

Es sencillo: el DJ productor no estaba preparado para lidiar con la fama, ni con todos los requerimientos que la industria de la música le impone a un artista de talla internacional. En más de una ocasión lo dijo públicamente: amaba componer canciones pero no estaba nada cómodo con tanta gira, fotografías y autógrafos, entrevistas y conciertos. Tantos que en un año llegó a tocar 300 veces en festivales.
Lo anterior significa que Avicii tenía solo 65 días efectivos de descanso al año, en un mundo que no sólo es agitado y tóxico sino también lleno de frivolidad. La fama, como puede verse, no es necesariamente una buena compañera y de hecho, pienso que los últimos días de Avicii no sólo fueron increíblemente dolorosos debido a su padecimiento de páncreas sino también muy solitarios.

«Uno se esfuerza tanto en llegar a la cima que cuando lo logras, te das cuenta que es un lugar muy solo», dijo alguna vez Luis Miguel durante una entrevista. Eso podría ser lo que experimentó Tim Bergling, quien la madrugada del 20 de abril de 2018 se abrió las venas con los vidrios rotos de una botella de vino.
De él nos quedan hoy sus hermosas canciones, su recuerdo que es el aroma de una época, pues prácticamente toda la segunda década de este siglo es incomprensible sin las melodías de «Hey borther» o «Wake me up«, solo por señalar algunas. También su filantropía, ya que parte de los millones ganados por el artista han ido a parar a obras de beneficencia.
La «máquina de hacer dinero» en que se ha convertido hoy la industria musical pudo quitarle la vida a Avicii, mas su talento artístico y sensible creatividad lo volvieron inmortal.














