Escrito por: Tonatiuh Muñoz Aguilar
Nació en Izúcar de Matamoros el 1 de agosto de 1959, y aunque no se tiene registro de que ninguno de sus crímenes fueran cometidos en territorio mexicano, es el único asesino serial poblano reconocido oficialmente hasta la fecha.
El asesino del ferrocarril, El asesino de las vías de trenes o El asesino de los rieles, son algunos de los motes con los que se conoce actualmente a este criminal en serie, oridundo de la Mixteca poblana. Durante la década de los noventa del siglo pasado, Ángel Maturino Reséndiz se dedicó a matar personas que él consideraba moralmente reprobables.
Prostitutas, creyentes de la brujería y homosexuales, fueron algunas de las víctimas de Maturino quien, como la mayoría de los asesinos seriales, presentaba una moral ambigua, pues a pesar de esgrimirse como un ciudadano sumamente religioso a cuyos ojos eran pecado las prácticas antes referidas, nunca reparó en que privar de la vida a otra persona es igualmente uno de los yerros más atroces no sólo para la religión sino también para la ley.
A Maturino se le atribuyen al menos 23 homicidios perpetrados en los estados de Texas, California, Florida, Kentucky, Illinois y Georgia, entre los cuales se desplazaba por medio del ferrocarril norteamericano, en el que viajaba de forma ilegal mientras se encontraba también ilegalmente en Estados Unidos.
De acuerdo con la clasificación hecha por el FBI respecto a los asesinos seriales, a Maturino Reséndiz se le puede considerar un homicida desorganizado ya que su forma de perpetrar sus crímenes era siempre aprovechando la oportunidad que se le presentaba, utilizando todo lo que tuviera al alcance de sus manos: objetos contundentes, armas punzocortantes o rocas.
El momento en que decidía matar era detonado por un flashazo de su moralidad ambigua, creyendo que sus objetivos se dedicaban a actividades que él consideraba pecado, sin investigar si realmente sus pensamientos eran reales y sin reparar mucho menos en lo reprobable de sus propias acciones. En su momento, Maturino llegó a estar en la lista de los diez más buscados por el FBI en Estados Unidos.

El asesino del ferrocarril se veía a sí mismo como un «ángel de la muerte», que recibía indicaciones directamente de Dios para privar de la vida a todos aquellos que consideraba pecadores. Estudios posteriores han concluido que sufría algún tipo de esquizofrenia, probablemente provocada por diversos traumatismos craneoencefálicos de los que fue víctima cuando niño, y también se especula que fue abusado sexualmente por algún pariente.
Es quizás por eso que la violación sexual se convirtió en el segundo móvil de sus crímenes cuando sus objetivos eran mujeres jóvenes. Maturino Reséndiz también robaba distintas pertenencias de sus víctimas a manera de trofeos, los cuales entregaba a su esposa -que vivía en México -cada que las autoridades estadounidenses lo deportaban, pero nunca tomaba dinero en efectivo.
Durante los años 1998 y 1999, El asesino de las vías de tren cometió una serie de asesinatos particularmente violentos que lo llevaron a ser uno de los objetivos principales de las autoridades estadounidenses y alimentaron los prejuicios en aquel país contra todos los inmigrantes de origen hispano.
Este mismo descontrol, originado probablemente en su propia autoconfianza y la sed de sangre que lo cegaba, llevó al izucareño a matar a diestra y siniestra en varias comunidades de Texas, lo que al mismo tiempo provocó que finalmente fuera capturado.

Su detención fue lograda gracias al apoyo de su familia, ya que su hermana Manuela, preocupada y asustada por el reguero de sangre que Ángel Maturino dejó durante sus años activo, acordó con un «ranger» de Texas la entrega de su consanguíneo y así fue: en julio de 1999, El asesino de los rieles fue privado de su libertad y casi un año después, se le sentenció a la pena de muerte.
Tras varias apelaciones ante la Corte especializada en Estados Unidos, Ángel Maturino Resédiz, el único asesino serial poblano conocido hasta la fecha fue ejecutado en Texas por medio de la inyección letal el 27 de junio de 2006. El esposo de una de sus víctimas lo calificó como «el mal contenido en forma humana, una criatura sin alma, ni conciencia, sin ningún remordimiento, sin consideración por la santidad de la vida humana».















