Hoy abren 220 restaurantes y cafeterías. Y la razón es muy sencilla; están al borde de la quiebra.
Más de una vez han aclarado, que no se trata de una confrontación con las disposiciones del gobernador Miguel Barbosa.
Es simple: 15 días más sin abrir, y tendrían que cerrar definitivamente.
Pero ojalá todo se resolviera con abrir y ya. No, el panorama es más complicado aún.
Abren con desconfianza, porque también tienen miedo a contagiarse.
Abren con poco inventario, porque no hay más dinero para invertir.
Han gastado más en el tan planeado regreso, que lo perdido tras el cierre por la pandemia.
Abren no sólo con el reto de atraer clientes y mantener los que ya tenían. Ahora también, hay que cuidarlos.
Ponerles un cubrebocas, aplicarles gel antibacterial y tomar la temperatura; y si la tienen muy alta, sugerirles ir a hacerse una prueba de Covid-19.
No, no todo se resuelve con abrir. Ahora también hay que pagar lo mismo de renta, lo mismo de luz, lo mismo de agua y lo mismo de impuestos; con un establecimiento al 30% de su capacidad.
Este regreso no es desafiante, es urgente. No es una necedad, es necesidad.
Cada uno de los empleados de restaurantes, cafeterías y bares, han salido a buscar el sustento a la vía pública.
Los más entendidos de redes sociales, publicaron sus platillos para llevarlos a domicilio. El resto, Dios sabe lo que harán para sobrevivir.
En el gobierno entienden la situación, pero les preocupa el número de contagios que pudiera colapsar hospitales.
La apuesta es por una responsabilidad social, que pocos han entendido.
Agárrense fuerte, que la ola viene dura.

















