Tonatiuh Maximiliano
El 14 de noviembre de 1921, la imagen de la Virgen de Guadalupe sufrió un atentado debido a un ramo de flores que en su interior tenía un explosivo. Además de la crisis política y social que el hecho delictivo causó, aquel día cambió para siempre la forma en que los mexicanos veneran a «la morenita«.
La relación entre Iglesia y gobierno no se encontraba en un buen momento. El presidente Álvaro Obregón era en realidad un abierto anticlerical y muchas de sus políticas estaban más bien encaminadas a minar el poder que aún le quedaba al clero desde la Guerra de Reforma.
En ese contexto llegó a la antigua Basílica un nuevo clérigo por lo que la rectoría decidió organizar una misa. La zona estaba repleta de fieles y uno de ellos se acercó a poner un ramo de flores a la virgen. Segundos después se escuchó una explosión que muchos testigos atribulleron a un rollo de dinamita.
Todo se convirtió en caos: bancas y candelabros rotos, crucifijos ahumados, imágenes religiosas a las que les faltaban dedos. En medio de todo eso, la imagen de la virgen que se encontraba intacta. Tan sólo el vidrio que cubría el ayate de Juan Diego se partió en mil pedazos.
La feligresía se santiguó y muchos se conmovieron ante lo que consideraron un milagro. Quienes estaban cerca de la puerta se dieron cuenta de un joven que se alejaba a toda prisa del templo mariano. Las notas periodísticas de la época lo describen pálido y temeroso. Los presentes no dudaron en atribuirle el atentado.
Sin embargo, minutos después de lo sucedido, el rector de la Basílica recibió una llamada del presidente de México quien le decía que a toda costa evitara que la gente linchara al presunto autor de los hechos. Lo anterior no fue sencillo, pues muchas personas ya lo tenían sujetado y empezaban a golpearlo.
Pese a todo, Luciano Pérez -así se llamaba el muchacho -salió con vida del templo y fue trasladado a la sede de la Policía donde se le interrogó. El joven de 24 años siempre se dijo inocente y después de algunos días, el gobierno no tuvo más remedio que liberarlo por falta de pruebas.
Pero la conmoción ya estaba desatada y en lo sucesivo se llevaron a cabo manifestaciones que llegaron a La Villa, a la catedral de México y también hubieron marchas en ciudades como Guadalajara y Puebla. Mientras tanto el presidente Obregón recibía cartas en las que los fieles le exigían la renuncia de miembros de su gabinete e incluso de él mismo.
Aunque nada de esto sucedió, la realidad es que a partir de ese día se prohibió que la gente se acercara a la imagen de la Virgen y posteriormente, cuando se construyó la nueva basílica, el ayate de Juan Diego fue colocado tras un vidrio especial de tal manera que solamente el papa puede acceder por la parte de atrás y estar en contacto con la reliquia.














