La escalda de violencia que azota Los Altos de Chiapas sólo tiene parangón con los días del levantamiento zapatista de 1994, cuando indígenas de varios municipios tomaron por sorpresa al gobierno mexicano y se armaron para exigir condiciones de igualdad en su territorio.
La diferencia en esta ocasión, es que el enemigo al que los habitantes de Pantelhó y Chenalhó le han declarado la guerra es el narcotráfico, que desde hace una década encontró en esa zona un sitio para saquear, invadir, extorsionar, amenazar y asesinar, provocando así el desplazamiento de más de dos mil indígenas, quienes se quedaron sin tierras y sin casas.
Hasta hace poco tiempo, esa zona de Chiapas era ajena al fenómeno de la narcoviolencia que floreció en otros terrenos como el norte del país. Los municipios indígenas de San Juan Chamula, Simojovel, Chilón, Pantelhó, Chenalhó y Yajalón, eran espacios indiferentes a las masacres, los ajusticiamientos, los levantones, los ajustes de cuentas entre cárteles enemigos.
Pero de un tiempo para acá, en estas demarcaciones pobladas por tzotziles y tzeltales comenzaron a verse los automóviles de lujo, las mansiones, los hombres armados con ametralladoras, los jóvenes que no querían estudiar sino ser parte de los grupos de narcomenudistas locales, que ofrecían un futuro deslumbrante, distinto al que tradicionalmente aguardaba a los chiapanecos.
Corridos y jerga narca, joyas y drogas de diferentes clasificaciones inundaron repentinamente la zona de Los Altos, en donde hoy un grupo de autodefensas denominado «Los Machetes» se propone erradicar el vicio de su territorio, con acciones dramáticas como impedir que las autoridades municipales -a las que acusan de estar coludidas con el narcotráfico -tomen el control del Gobierno.
Lo que sucede en Pantelhó es la tragedia de nuestros tiempos: un reflejo de lo que se vive en Michoacán, del temor que lacera Oaxaca, de la imposibilidad de salir después de las 8:00 pmen Coatzacoalcos, o de los campos de exterminio recién descubiertos en Tamaulipas. Pero también de los territorios pequeños y rurales, anteriormente ignorados por el narco, donde hoy los habitantes viven con miedo ante la proliferación de bandas que se dedican a la venta de drogas.
Para los nacidos antes del nuevo milenio será fácil recordar un país distinto al que hoy se desangra. Las historias de horror que saturan las portadas de los diarios eran exclusivas de ciertos ambientes que se confinaban al «México bronco» que siempre ha existido, pero que no rebasaba los límites que le acotaban.
Pero aquellos mexicanos que vinieron al mundo justo en la coyuntura de la llamada «guerra contra el crimen organizado», suelen normalizar las noticias de cuerpos encobijados, fosas clandestinas, desaparición de personas, cabezas cortadas y restos humanos que se desintegran en ácido.
El desplazamiento de miles de familias, el fenómeno de las autodefensas que emulan a una guerra civil y que demuestran la incapacidad del Estado para pacificar un territorio, son lastres con los que hemos tenido que cargar quienes vivimos en esta época, y cuyo clamor no ha sido atendido debidamente por las instancias internacionales.
Por eso lo ocurrido el pasado 3 de agosto en Pantelhó debe observarse con detenimiento. Ahí, el grupo de autodefensas que se ha propuesto erradicar a los delincuentes, declaró al municipio libre de alcohol y de drogas. Si no hay venta ni consumo de enervantes, el crimen organizado no tiene nada que hacer ahí, es la lógica articulada por Los Machetes.
A contrapelo de las políticas implementadas en otras latitudes, donde se ha llegado a la conclusión de que legalizar las drogas es el único camino posible para disminuir la violencia narca, en Pantelhó comienzan a explorar otra estrategia, que en los próximos meses y años deberá dar sus primeros frutos, con el conocimiento lógico de que esta nueva batalla no se quedará sin respuesta por parte de quienes tienen mucho en juego a través de la venta de sustancias prohibidas.















