Redacción: Tonatiuh Muñoz Aguilar @coyotiuh
Fotos: Tania H. Olmedo @THOClick
Las banderas de arcoiris volvieron a salir. Las consignas se escucharon de nuevo. Los carros alegóricos llenaron las calles principales del centro de la capital poblana, mientras strippers, reinas de belleza trans, personas ataviadas con elaborados trajes alusivos reiteraron las exigencias históricas de «mayor visibilidad» y «menos discriminación».
Tras dos años de verse interrumpida por la pandemia de COVID, una marcha pletórica, que según algunos llegó hasta los 20 mil participantes, inundó de colores el amplísimo Bulevar 5 de Mayo y posteriormente se enfiló hacia el zócalo, mientras los pulmones ya no daban de sí, pero la euforia inflamaba nuevas bocanadas de aire.



Contingentes de todo tipo y carácter: algunos aguerridos reclamando la inclusión que aún no llega para todos los sectores, otros más políticos como el encabezado por la Secretaría de Diversidad Sexual de MORENA. Por allá aquellos que al ritmo de «voguing», perreaban y «posaban» al resto de la comunidad, en una reivindicación tropicalizada de esa expresión dancística nacida en el Harlem estadounidense.

Desde el Parque Benito Juárez hasta la plaza principal de la ciudad, los miembros de la comunidad diversa caminaron y disfrutaron con la singular alegría que desde hace años les caracteriza, ya que entre los reclamos de justicia para aquelles transexuales asesinades, así como en la consigna de «¡no más conversión!» (en alusión al reciente espaldarazo del Congreso para penalizar las terapias conversivas), el común denominador en los participantes fue la jocosidad, que no es otra cosa más que un deseo intenso por vivir la vida.
La ciudad de Puebla nunca había visto a tantos homosexuales y lesbianas, bisexuales, personas trans o «queers», desfilando abiertamente por sus calles. Desde la primera marcha del orgulo gay -que se llevó a cabo en el año 2000 y que sólo aglutinó a 30 personas -hasta la actual manifestación LGBTIQ que concentró a dos decenas de miles, la capital del estado se ha cimbrado y transformado de forma definitva.

«¡Puebla: despierta, también eres diversa!», fue una de las consignas que más fuerte se escucharon, sobre todo cuando la gran peregrinación desfiló frente a la Catedral, en un claro alegorismo de que la Angelópolis, una de las urbes con mayor raigambre y conservadurismo, ha dejado de ser eso para convertirse en la metrópoli progresista, de avanzada, que pese a estar gobernada por El Yunque, ya no le tiene miedo a gritar con estruendo la diversidad que la puebla.

La marcha del orgullo y la diversidad sexual de Puebla en este año tuvo un significado inédito, porque llevó hasta el frente a gente discapacitada. Fueron ellos y ellas, elles, quienes abrieron la manifestación a bordo de sillas de ruedas, con aparatos ortopédicos o incluso con «lomitos». A lo largo del recorrido y sobre todo al llegar al zócalo, se vieron repetidamente los aplausos sordomudos, un símbolo inequívoco de la inclusión que debe impactar en todas partes.

Hasta atrás el contingente transexual que recordaba con tristeza la pérdida de muchas de sus miembras, al tiempo que recriminaba a aquellos quienes de día señalan y condenan la prostitución, pero de noche contratan sin desdoro los servicios de las mismas personas que critican.

Un enorme templete aguardaba junto a Catedral la llegada de los marchistas, mientras ya las primeras interpretaciones de performances, hip-hop y «stand-ups» se hacían presentes. Nuevamente la risa, el jolgorio, los abanicos, rodeaban la Fuente de San Miguel, mientras algunos automovilistas desconcertados criticaban con el rostro desde dentro de sus vehículos el paso de la caravana, y otros apoyaban el desfile con porras y gritos desde los balcones y azoteas.
«¡No que no, sí que sí: ya volvimos a salir!», estallaba con fuerza cuando el contingente se enfilaba hacia su tramo final. Hacía mucho desde que el miedo de morir por coronavirus impidió la afluencia de tantas personas LGBT hacia el zócalo: una sensación de temor que recordaba los primeros años del movimiento, cuando la duda era saber si habría represión o no por parte del gobierno. Por eso en esta ocasión la muchedumbre se mostró desbordada.
Y aunque en todos estos años, La Cucusa no ha dejado de cantar «Espejo», las instituciones de siempre, representadas por la Iglesia o la Policía -que en esta ocasión rodeó con decenas de sus elementos las oficinas de la Fiscalía de Puebla -, siguen defendiendo con fiereza un modelo de interacción anquilosado que ya no corresponde a la realidad que se desborda en el día a día.


Es verdad: LGBT es un acrónimo conformado por las palabras lésbico, gay, bisexual y transgénero (que agrupa tanto a trasvestis como transexuales e incluso personas no binarias), a las que se han sumado con el tiempo la intersexualidad (el uno por ciento estimado de la población que coloquialmente se nombra «hermafrodita») y las identidades «queer«, representación que engloba a la estigmatización en sí misma, a la disidencia, es decir todos aquellos o aquellas, aquelles, quienes no se identifican con alguno de los anteriores y a quienes tampoco les interesa recibir una etiqueta.
A todas estas multitudes tendríamos que sumar los grupos indígenas, los afromexicanos o los migrantes de la diversidad quienes tienen que vivir un doble éxodo. Y es que los colores del arcoiris protegen con su manto a todo aquel o aquella, aquelle, quienes deseen cobijarse bajo su amparo. Al fin y al cabo, en la bandera policromática cabrán siempre todos para quienes LGBT sea sinónimo de fiesta.
















