Tonatiuh Muñoz Aguilar
Era marzo de 2020 cuando escuché hablar enserio del Covid. El virus que se veía lejano y que de acuerdo con las noticias internacionales, mantenía a los países europeos en un estado completo de sitio, ante los alarmantes índices de contagio, llegaba a nuestro país.
Es obvio que en México iba a sobrevenir, como sobrevino, la duda, la especulación, la puerta abierta a las teorías conspirativas que hablaban de un virus nunca existente. Esas voces alegaban un plan malévolo del gobierno, un arma bacteriológica, el fin del mundo… O tal vez nada. Sencillamente miedo.
Y el miedo fue lo que se empezó a apoderar de la sociedad. A medida que se iban conociendo los casos de personas, cada vez más cercanas, quienes contraían la enfermedad y posteriormente iban muriendo. El Covid-19 ya no se veía tan lejano.
Mi primer familiar fallecido llegó en el mes de julio, justo en el pico de la primera ola de la pandemia. Estando apartado como me encontraba, sólo recibí la noticia de la muerte de mi tía Victoria, quien por una emergencia de salud ajena al coronavirus tuvo que ser internada en el Hospital General del IMSS «La Margarita».
Mi tía salió rápidamente de su internamiento, sólo para presentar a los pocos días los primeros síntomas del Covid. Debido a su edad y a sus enfermedades preexistentes, no fue mucho el tiempo que transcurrió antes de que sus hijos tuvieran que regresarla nuevamente a La Margarita, pero esta vez con insuficiencia respiratoria. No la volvieron a ver.
La familia de mi tía Victoria se vio en la inusual y dolorosa situación de llorar la muerte de su matriarca mientras otros tres de sus miembros se batían contra el SARS-CoV-2, entre ellos su esposo, mi ahora viudo tío Orlando. Una semana después estábamos llorando también su partida, igualmente en aislamiento: cada quien desde su casa y con rezos por medio del Facebook.
A los pocos días, otra habitante de la misma casa, mi tía Leticia, de más de 90 años, se unió al grupo de integrantes de la familia que dejaríamos de ver ese año. No nos imaginábamos que eran los primeros tres de una larga lista que no ha dado tregua.
A las noticias de conocidos, profesores, vecinos y gente que de alguna u otra forma se relacionaron conmigo, tuve que ir sumando las que llegaban en el mes de noviembre, cuando ya se cocinaba la segunda ola del Covid en Puebla. Un tío de nombre Samuel también sucumbía a la enfermedad. Así nos lo informaban sus deudos.
Poco a poco el círculo se fue cerrando. En mi casa nos preguntábamos cuándo nos iba a tocar, ya que no dejábamos de enterarnos cómo es que en las demás viviendas, con los compadres, la enfermedad extraña y nueva comenzaba a dejar secuelas, cuando no arrebataba vidas.
Desde Estados Unidos nos llegó información de familiares que se fueron hace años, buscando el sueño americano, y a quienes ya no volvimos a ver. Mi tío Marco Polo, que vivía en Los Angeles, fue el último muerto de 2020 que tuvo mi familia, porque la noticia de su desaparición llegó a México el 31 de diciembre.
Antes de él, otro tío de nombre Guadalupe fue internado de emergencia en el Hospital La Margarita junto con su esposa. Mi tía se salvó, pero mi tío no. Era diciembre y los casos de Covid se contaban por miles en los noticieros, con historias alarmantes de hospitales saturados y escasez de oxigeno.
Pero el golpe más cercano llegó con el 2021. A finales de enero, mi padre, mi abuela, la hermana de mi mamá, su esposo y dos de mis primos cercanos empezaron a desarrollar síntomas importantes de Covid-19. De antemano sabía que de todos, mi abuela era la que menos probabilidad tenía de sobrevivir.
Las escenas que medio año atrás había visto de lejos, en la casa de mi tía Victoria, esta vez las viví en carne propia, con una familia prácticamente paralizada por la enfermedad y el luto. La tristeza de perder al ser más querido y encima, no poderlo despedir como es costumbre. Mi hermano y yo nos movilizamos para tramitar lo referente para el entierro de mi abuela Ulvia.
Solo asistimos ocho personas a su funeral, por demás aislados, impedidos de poder acercarnos al féretro cuando este descendió a la sepultura. Con mi celular hice sonar «Un puño de tierra», de Antonio Aguilar, que le gustaba mucho a mi abuelita y nos había pedido que se tocara en su velorio. Silencio después, resignación.
Pensábamos que quizás, con la muerte de mi abuela y la disminución de casos a nivel nacional pararían las pérdidas en mi familia. Pero no. Otros dos de mis tíos se han ido desde enero, el mes en que enterramos a la mamá de mi mamá. Mi tía Rayito, hija de mi tía Victoria y mi tío Orlando, se les unió en febrero, dejando una hija a la que ya no le pudo celebrar sus quince años. La fiesta estaba planeada para marzo de 2020 pero hasta eso el Covid nos quitó.
Mi familia se encuentra partida, menguada y dolorida. Sólo estamos a la espectativa de escuchar, cada que suena el teléfono, una nueva mala noticia. Hemos prometido que cuando todo esto termine vamos a hacer una misa en la que los sobrevivientes nos abrazaremos y vamos a llorar.
La de mi familia es quizás una historia de entre muchas otras a quienes el Covid arrebató a sus seres queridos, en medio de una crisis sanitaria que no termina, ante la indiferencia y la incredulidad de quienes dicen que la enfermedad no existe, o simplemente se niegan a protegerse porque les estorba la responsabilidad.

















