Tonatiuh Muñoz Aguilar
Más de 10 mil poblanos fallecidos y casi 80 mil contagiados, es el saldo lamentable que los números arrojan tras un año de Covid-19 en la entidad. La vida en el estado -como en el mundo -no ha podido regresar a ser lo de antes y pese a que actualmente se vive una tendencia a la baja, el miedo y la ansiedad son los sentimientos imperantes entre los pobladores.
Fue el pasado 10 de marzo de 2020 cuando la Secretaría de Salud poblana reportó el primer caso de coronavirus en el estado: el de un argentino de 47 años que llegó a la armadora Volkswagen como parte de una labor empresarial. A partir de esa fecha, los contagios se fueron multiplicando hasta convertir la cotidianidad en una tragedia en la que los cubrebocas son normales y los cierres de los comercios han hundido al país en una crisis similar a la de la Gran Recesión.
A lo largo de estos 12 meses, los poblanos se fueron enterando de casos de coronavirus cada vez más cercanos a ellos. Poco a poco la distancia se fue cerrando hasta que de forma inevitable, alguno de sus familiares o incluso ellos mismos, dieron positivo a un virus proveniente de Wuhan, China, desconocido hasta entonces, incalculable y temible.
Lentamente se fue dilucidando la creencia compartida por muchos de que «el Covid no existe» y «todo se trata de un complot del gobierno». Esa postura, aunque aún es argumentada por ciertos sectores de la sociedad, ha caído por su propio peso ante la magnitud del dolor. Los casos de familias enteras internadas en un hospital, los muertos de diferentes edades, la falta de oxígeno, la saturación de los nosocomios y la escasez en los servicios mortuorios, son sólo algunos de los símbolos de los presentes tiempos.
Con lo anterior vino también el cierre de negocios importantes pero no considerados de primera necesidad: los cines y los gimnasios, los antros y centros nocturnos, los baños de vapor, las cantinas, los clubes acuáticos, las escuelas, algunos hoteles, también los moteles y desde luego, el sector de los espectáculos que desde aquel marzo de 2020 mantiene los telones abajo y sin conciertos a los que acudir.
Todo ello repercute no sólo en el ánimo de los pobladores sino que también provoca un quebranto a la economía local todavía incalculable. El cierre de las iglesias y otros centros espirituales ha sido un factor que también ha pesado entre cierto grupo de poblanos, quienes entre la desesperación y el miedo, no tienen a donde acudir para reconfortarse.
¿Un virus elitista?
Las características del Covid-19 -un virus nacido en Asia que llegó a México proveniente de Europa -hicieron pensar en su momento que se trataba de una enfermedad que probablemente afectaba a las clases socioeconómicas altas, que son por lógica, las que tienen mayor probabilidad de viajar al extranjero.
Así lo confirmaban los primeros casos positivos reportados en Puebla: el del argentino que llegó a Volkswagen y el de tres empresarios que viajaron a Estados Unidos a un torneo de esquí y regresaron al país en un vuelo cuyos pasajeros resultaron contagiados. Al seguir con su vida cotidiana, los magnates no sólo propagaron el virus entre sus familias sino que también lo esparcieron de forma inconciente al visitar varios negocios de la zona de Sonata.
Tal situación provocó el desconcierto y las salidas en falso como la del gobernador de Puebla, quien en una declaración pública que se volvió viral, señaló que el Covid era un virus que sólo afectaba a la gente «rica». Afortunadamente, los errores iniciales de una situación sanitaria que hasta el momento aún es desconocida del todo, se fueron corrigiendo paulatinamente, al menos en el caso del mandatario poblano, quien ha sido uno de los más proactivos en cuanto a las medidas de confinamiento.
Los llamados «días solidarios«, los cierres graduales, la aplicación inédita del programa «Hoy no circula» en la entidad y los constantes llamados a la prudencia y digna mesura, son algunas de las acciones emprendidas por la administración de Luis Miguel Barbosa que lo vuelven un caso especial entre el grupo de gobernadores de Morena. Como en otras ocasiones, el mandatario aprendió de sus errores.
Tragedia humana
A la preocupación inicial, a la incredulidad propia de un virus nuevo, en una sociedad acostumbrada a ser engañada por sus autoridades, sobrevino después la tragedia humana de ver a familias enteras desgarradas por la enfermedad y la muerte.
Casos como el del matrimonio Zenteno Bravo, directores de la clínica de Nuestra Señora de los Ángeles, en la junta auxiliar de San Jerónimo Caleras, que fueron uno de los primeros médicos que partieron de este mundo como consecuencia de las complicaciones del coronavirus, y otros tantos que se tejen todos los días en los hospitales y las casas, vuelven esta época una de inolvidable dolor.
A estas historias se suman las de los poblanos fallecidos en Estados Unidos, quizás la población más afectada debido a la penetración que el virus ha tenido en aquella nación y a la condición propia de los migrantes, quienes no solo tienen miedo de acudir al médico y ser deportados, sino los que también se las tienen que ver solos, sin familiares y seres queridos que los cuiden o los animen a luchar contra la enfermedad.
Las dos oleadas de contagios, acontecidas en junio y enero, subsecuentes siempre al relajamiento de las medidas sanitarias y la falta de precaución de los propios ciudadanos; la saturación de los hospitales, la apertura y cierre de negocios que por otro lado ya no soportan el confinamiento y la falta de clientes, serán también parte de las anécdotas tristes que se contarán en el futuro por todos aquellos que logren sobrevivir, y quienes recordarán para sus nietos, como quienes hoy recuerdan la época de la Revolución Mexicana, que hubo en los años veinte del siglo XXI un virus que llegó del extranjero y vino a cambiar para siempre la vida.















