Por Jaime López
El tren vuelve a pasar por la Avenida Ferrocarril como acostumbraba antes del incidente. Sin embargo, un grupo de militares mantiene acordonada parte de la demarcación, la cual fue denominada desde el pasado 31 de octubre como la zona cero.
El «¡tuuunnnnnn!» y «¡chucu, chucu, chu!» del monstruo metálico se fusiona con el ligero ruido que dejan las pisadas de los vecinos que transitan por el lugar.
Han pasado poco más de ocho días desde que una serie de explosiones causadas por una toma clandestina de gas cimbró el cielo de San Pablo Xochimehuacan y aumentó la zozobra en esa junta auxiliar ubicada al norte de la capital poblana.
Esto debido a que la presencia de ladrones de combustible y otros tipo de grupos criminales eran un secreto a voces que por años fue ignorado por las autoridades.
Aunque la mayoría de las actividades comerciales han regresado a su «normalidad», los vestigios de las casas siniestradas han cambiado para siempre el rostro de Xochimehuacan.

Desde hace más de una semana, una de las vialidades más cercana a la zona cero, la calle Industria, se convirtió en un centro de acopio, así como en un corredor del dolor y esperanza para la comunidad.
Habitantes que perdieron todo su patrimonio de la noche a la mañana reciben comida y ropa que almas caritativas les llevan esporádicamente, mientras que uno de los vecinos no ha dejado de ofrecer su morada como baño público, como lo hizo desde el primer día de la tragedia.
La presencia de elementos policíacos municipales ha disminuido. No tanto como la de los representantes del orden estatal.
Y en medio de todo lo anterior, diversos afectados o damnificados son enfáticos en no querer ser reubicados lejos de Xochimehuacan, aunque se los sugieran desde Casa Aguayo.
¿La razón? No están dispuestos a empezar de cero, porque ellos, aseguran, no son responsables de los actos cometidos por grupos criminales ni de la invisibilización de la que han sido objeto a lo largo de los años.
«Nosotros llegamos antes de que PEMEX pusiera sus ductos, ¿por qué nosotros somos los que nos tenemos que ir?«, expresa uno de los habitantes con cierto aire de molestia.
La indignación del vecino es más que comprensible, en tanto, el panorama para Xochimehuacan luce incierto, algo sombrío.
















